lunes, 8 de febrero de 2010

C'EST FINI, MONSIEUR.

El local era amplio y lujoso. Era muy blanco y con sofás demasiado caros como para que fuera un sitio en el que la gente bebía, se metía coca y follaba. Cogí una copa y miré alrededor, buscando a mi víctima.

- Recuerda bien su cara; no te confundas de hombre. Si te equivocas estamos jodidos, ¿entiendes?


La búsqueda se tornaba complicada ya que cada invitado llevaba algo especial. Mientras que unos llevaban estrambóticos sombreros, otros se habían decantado por antifaces o vistosos plumajes. Yo, por otra parte, había optado por unas pestañas postizas y un elegante acento afrancesado, nada estrafalario en comparación con toda la muchedumbre adinerada que allí abundaba.



Vagabundeé por el local en busca de mi presa mientras algunos de los presentes no se molestaban en apartarse a mi paso, es más, incluso parecía que me daban codazos a propósito (parecía...). Podía notar cómo todas las miradas se clavaban en mí. No eran miradas ni mucho menos afectivas; todo lo contrario, podía notar cómo me juzgaban, cómo criticaban, cómo susurraban a mis espaldas. Podía ser debido a que era la única que se podía contonear sin bastón, quizás porque era la única no operada de la sala y mi nariz imperfecta era uno de los rasgos que lo demostraban, quizás porque era la única con un vestido rojo y llamativo o porque, al fin y al cabo, era evidente que yo no tenía una vida como la suya, con mayordomos que me abanican cuando lo deseo y sin saber el número exacto de limusinas que hay en mi garaje. ¿Gente selecta y adinerada? Tengo más educación y humanidad que todos ellos juntos, pensé.

Esto no me incomodaba en absoluto. A lo largo de mi vida me he ido dando cuenta de que las primeras impresiones son las que realmente importan. La gente te tratará en función de lo que le hayas parecido a primera vista. Cuando una persona genera una mala primera impresión, el sentimiento negativo es difícil de superar incluso más que si uno da una impresión mala después de avanzada la relación y una vez se hayan establecido lazos.

Es cierto que las personas tendemos a prejuzgar pero… ¿También tendemos a apartar la mano, es decir, a no ofrecer segundas oportunidades, a no pensar ni tan siquiera por un momento en que podemos estar errando?
Las primeras impresiones nunca han sido beneficiosas para mí ya que siempre la gente suele odiarme desde el primer momento en que me ven.


- Ambos sabemos que vas a ser foco de groserías. No te involucres con ellos, no les tientes, ni te molestes en explicarte ni en pedir explicaciones. Son gente soberbia y te conozco. Busca a la presa, haz tu trabajo, guarda la compostura y no te alteres.


Apoyado en la barra estaba él. Metro ochenta, ojos verdes y kilos de más. Había optado por un traje de chaqueta negro Emidio Tucci y, como complemento, un enorme sombrero de copa.

- Sabes lo que tienes que hacer. Mírale, contonéate, emborráchale y convéncele.


Me acerqué a la barra a dejar la copa vacía y para, obviamente, coger otra. La víctima no tardó en darse la vuelta para prestarme atención. Se quitó el sombrero, reverenciándome, dejando ver su peinado con cortinilla. Y la noche avanzó.

Pedro Alcaire, como Aitor, era un importante empresario y, como Aitor, también tenía negocios ilícitos. Influía en la política del país, aún estaba casado y tenía asuntos por saldar con Aitor Gómez, asuntos turbios que implicaban a más de una persona importante y conocida de este país. Mi tarea era sencilla: seducirlo y dirigirlo hacia donde Gómez quería.

Después de una animada noche, la embriaguez del Señor Alcaire era muy notable y él estaba convencido de que pasaría la noche conmigo. Faltaban muy pocos minutos para que pudiera irme de ese local repleto de miradas acusadoras.
- Mi chofeg está en la pogte espegandomé.

Cogió su chaqueta y comprendí que tenía la intención de venirse, ergo mi trabajo había finalizado. C’est fini, monsieur.
- Vous peux salig y esperagme en el coche. Un megsedes nego, oui? Tengo que ig al baño, Pedgo.

Pude visualizar cómo subía al coche y este se iba rápido. Otro coche me esperaba en la puerta trasera.

- Sabía que lo harías estupendamente.
- Joder, Gómez, por fin me quito estas putas pestañas de mierda.
- Me gustabas más cuando tenías el acento francés y no hablabas mal.
- Que te jodan. Ese acento no va conmigo.


Gómez me dejó en casa y cuando desperté encontré en el buzón el cheque por tan sencillo trabajo. Tarde o temprano alguien notaría la ausencia de Pedro Alcaire y yo no quería estar ahí para verlo o para, quizás, ser acusada.

Me voy. Irme por un tiempo de este país será lo mejor. No es la primera vez que decido huir. Siempre he sido de decisiones rápidas y tajantes.

9 gargajos:

  1. jeje....desde luego te metes en la situaci
    on que no veas eh? jejeje....Un saludo wapa, esta genial!

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  2. Jodidos relatos que me destrozan.
    Hala, usted se lo ha buscado.
    Le sigo.
    Punto.
    Otro punto.
    Y puntazo su blog.

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  3. Muy bueno!!!
    Que razón tienes con lo de las primeras impresiones... es tan dificil rearmar a alguien que se nos desmoronó a la primera....

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  4. Si eres feo y gordo, no te fíes de las chicas guapas! xD
    Y sí... yo espero volver a ver al calvo. A ver si... :)

    Muas!

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  5. me quedaré con esa brillante exposición y análisis sobre las primeras impresiones, pq en el resto del texto me das mucho miedo SOl... como para acercarse a ti! xD

    beso!

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  6. las personas con peinado-cortinilla merecen morir

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  7. Pues a mí me gusta equivocarme con mis primeras impresiones. Aunque por alguna extraña razón no suele pasar. ¿Será que acierto o que no doy segundas oportunidades?

    Whatever.
    Espero que esta jodida perturbada malhablada vuelva!

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  8. No hay una segunda oportunidad para una primera impresión.
    No dejes nunca de escribir, a estas horas tardias te lo digo, con sabina de fondo y un cigarrillo seco en mi boca, no lo dejes nunca.

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