Estoy sumergida en el período de adaptación a una ciudad y a una situación nueva. Ciudad más grande y más cara.
Situación más comprometida, responsable y adulta.
Ambas cosas (ciudad/situación) tienen un rasgo general común: menos dinero. Nos situamos en una pirámide en la cuál la cúspide son el rey y los grandes empresarios, pasamos después por los empleados de empresas privadas, funcionarios, ladrones y personas de oficio propio (a esto me refiero a la gente que canta en el metro, por ejemplo). Por último, en la base, estamos los mendigos y yo.
Con mi traslado me vi en la obligación de alejarme del Doctor Rodríguez, aunque seguíamos las terapias una vez al mes de manera presencial y diariamente vía email. Las nuevas tecnologías nos han abierto un mundo psicoterapéutico nuevo y la sesión por email era más barata.
- ¿Continúa todo bien? – me preguntó el doctor en la última sesión, hace escasos siete días.
- Bien. De momento Carlos no ha descubierto nada de mi vida anterior. Me he deshecho de todo lo que podía acusarme aunque ello me ha puesto en un nivel económico cercano a la miseria…
Expongo este fragmento de conversación con la intención de explicar en pocas palabras el por qué de mi situación económica actual.
Siempre he sido una mujer partidaria de las relaciones abiertas. No solía encontrarle sentido al “juntos para siempre”. Siempre he pensado que la pasión y el amor tienen fecha de caducidad y nunca he visto este ámbito como algo imprescindible para tener una vida plena y satisfactoria. Pero todo cambia. Como Mia Wallace decía en Pulp Fiction, sabemos que hemos encontrado a una persona especial cuando conseguimos estar en silencio durante un puto minuto y disfrutarlo.
- Me alegra que estés bien pero debes tener en cuenta que una relación no se sustenta en base a una mentira- me dijo el doctor.
- No es mentir, es omitir. Entre estos dos términos existe una diferencia abismal – dije, totalmente confiada.
Realmente es cierto. Mentir es un pecado. Si mentimos, lo más seguro es que cuando muramos nos encontremos con Satanás en el infierno cuya temperatura, estimo, será más o menos la de Extremadura en pleno agosto. Cuando omitimos no mentimos, sencillamente decidimos no desvelar cierta información que, consideramos, puede ser perjudicial o que, simplemente, no sabemos cómo decir.
- Aún no comprendo por qué sigue usted viniendo a terapia. – dijo. Parecía que el Doctor Rodríguez, como mi antigua psicóloga María Luisa, se había cansado de escucharme.
- Ya se lo dije en alguna sesión. Cuando estás enamorado conoces la angustia de los celos, de la incomprensión, el rechazo. Sientes la ausencia de tacto, comienzan las inconscientes comparaciones y, en ocasiones, te avergüenzas de ciertas facetas tuyas, o ciertas facciones…
El amor puede llevar al delirio, a la enajenación. Ya enloquecí una vez por amor. Y me quedaron señales físicas y mentales. No quiero que vuelva a pasar… - y, después de mucho tiempo, una sincera lagrimilla cayó por la mejilla.
- Se te ha entrado algo en el ojo – sonrió dándome un kleenex que parecía haber sido usado ya. ¡Qué cabrón, cómo se reía de mi desgracia emocional!
El doctor me ofreció un vaso de whisky seco que yo acepté gustosa. Él se bebió otro. Eso me recordó a cuando un familiar me dijo que nadie sobrio sería capaz de soportarme. Siempre he pensado que tenía razón; ahora es un hecho que la tenía.
- ¿Eres feliz?
- Lo soy más que hace 8 meses. Quizás lo soy menos que dentro de 3 meses. O quizás dentro de un año sea mucho más feliz que en este mismo momento. Para mí la felicidad no es un estado constante. Para mí la felicidad son situaciones, momentos. Hoy estoy triste. Sin embargo, ahora mismo, con mi tristeza, tengo absolutamente lo mismo que hace dos horas, y seguramente lo mismo que dentro de tres días…
- La felicidad es un estado de ánimo que se consigue cuando la persona ha alcanzado una meta.
- Sé la definición técnica. Pero creo que es incorrecta. Cuando alcanzas una meta, te propones otra. Es una búsqueda constante.
- La sesión ha acabado. Tengo que recordarte que te faltan por pagar las dos últimas sesiones… - me dijo el muy egoísta.
- La intención del psicólogo es ayudar al prójimo y, además, soy un estupendo, llamativo y atractivo objeto de estudio. Carlos me espera fuera.- me levanté y me dirigí a la puerta. Antes de salir me giré y le sonreí. Seguramente ese sería el único coqueteo que el psiquiatra cincuentón había tenido en mucho tiempo.
Salí a la calle y sonreí. No es difícil fingir una sonrisa. Llevo años sonriendo sin sentirlo. Es algo que con las palabras no ocurre. Cuando hablo, mi estado de ánimo me sale por la boca y se sabe qué es lo que siento al momento.
- Monta, que te llevo al Sol- me dijo Carlos abriéndome la puerta de su coche.
- ¡Qué tontería! Arderás – contesté, siempre, siempre, sonriendo.
Me senté en el asiento del copiloto y mientras él iba al del conductor abrí mi bolso en busca del móvil y allí mismo, arrugada y medio rota, volví a ver la foto que me estaba desequilibrando. Aquella foto era, aún, un misterio.
Los hombres nunca suelen fijarse en los pequeños detalles. Si esto no fuera así, Carlos habría comprendido qué era lo que se avecinaba. Las mentiras hacen llorar al niño Jesús y nadie quiere que el crío llore.
Nota de la autora. Para donaciones, aportaciones o ayudas económicas pónganse en contacto conmigo vía email. Gracias por vuestra colaboración.
martes, 28 de septiembre de 2010
LAS MENTIRAS HACEN LLORAR AL NIÑO JESÚS.
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2010,
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El diálogo con el psicólogo no tiene desperdicio. Desde mi punto de vista, cada relación es un nuevo mundo!
ResponderSuprimirMuchas gracias por tu visita.
BESOTES!
Magnífico
ResponderSuprimirXD muy buena tu comparación de Extremadura con el infierno, sí..
ResponderSuprimirSol, con lo agradable q es Madrid... no me jodas!
ResponderSuprimirmenos tristezas...
Ya te mostraré facetas divertidas de la capi cuando esté por ahí... (no me creo q no conozcas ya)
Ya se que no suena bien pero... tus entradas son las únicas de estas dimensiones que me leo enteras,sí, me encantan.
ResponderSuprimirEl niño Jesús tenía 33 años la última vez que se le vio con vida, parece ser que se metío en alguna movida rara y nunca más se supo a si es que no te preocupes por aquello de si llora.
Las mentiras no sólo hacen llorar al niño jesús. Las mentiras son una cabronada...
ResponderSuprimirSaludos y un abrazo.
Qué familiar te dijo que nadie te aguantaría sobria?? qué cruel.
ResponderSuprimirQué genial el psicólogo, qué egoísta queriendo dinero a cambio de conversación, adonde hemos llegado...
simplemente encantador... pokas veces logro trasladarme hasta los zapatos del personaje y hace momento leyendo lo he logrado...
ResponderSuprimirEs curioso, pero el lunes conocí a una extremeña que no dejaba de increparme por, supuestamente, haber ofendido su orgullo provinciano. Qué cosas. ¡Un saludo!
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