viernes, 31 de diciembre de 2010

DETRÁS DE LAS CÁMARAS.

Y entonces se casaron, tuvieron muchos hijos, fueron felices y comieron perdices. Lo primero pasó, lo segundo también, seguramente lo tercero a ratos y lo de las perdices es cuestionable ya que no sé qué valor tienen en el mercado en estos momentos y tampoco sé cómo les ha afectado a ellas y ellos la crisis económica actual.

Blancanieves, Bella, la Cenicienta o Ariel (la Sirenita, que no el detergente) eligieron a sus príncipes; eso nos cuenta la historia. El qué pasó después es más difuso (a pesar de la existencia de segundas partes que, obviamente, eran un bulo, un fake para niños, para hacernos creer que todo continuaba bien).

A nosotras no nos contaron que todas ellas lucharon día tras día por conservar una bonita figura, aunque el parto las deformase. Al ser princesas, eran mujeres pudientes, y gran parte de ellas pudieron operarse para continuar manteniendo su estilizada cintura de avispa. Sin embargo, Jazmín, debido al egoísmo y a las malas inversiones del expobre Aladdín, tuvo que ahorrarse ciertas operaciones y algún que otro michelín sí que tenía, al igual que los senos caídos, como manda la ley de la gravedad.

El detrás de las cámaras es más duro de lo que pensamos. La Bestia (que después de años de dudas descubrimos que se llamaba Manolo), antes de ser considerado socialmente un Adonis, ya iba diciendo a sus amigotes de castillo que él tan sólo se liaría con bellezas, con buenorras, como se llaman actualmente. Pero, ¿tú quién te has creído que eres, mestizo de jabalí-hiena-hombre peludo? Entonces pasó lo que pasó, se volvió guapo, se casó con Bella y esta, llena de celos por su recientísima belleza, no paraba de atosigarle (supuestamente).

- Te soy fiel, Bella. Eres la única persona a la que tengo ganas de engañar- decía Manolo dándose media vuelta. Entonces Bella, cargada de resentimiento (y de arrugas, ya de paso), seguía hablando con la que antes era una tetera.

Blancanieves, por otra parte, cansada de los engaños de su marido homosexual (todos nos imaginábamos esta verdad) empezó a tener un affaire con Gruñón, cuyo carácter de tipo duro sexagenario cumplía con sus expectativas. Aunque más tarde, se fugaría con Mudito el cuál, privado de la facultad de hablar, molestaba menos a la ya no tan joven primera princesa Disney.

De Ariel no se sabe mucho. Ella volvió al mar, a casa de su padre, porque no encontró trabajo tras sus estudios de adaptación a la vida terrestre. Y como la contaminación de los mares es una realidad, lo más seguro es que su cola esté llena de mercurio o que se haya ahogado con algún anillo de plástico de lata gigante.

Ser feliz nunca fue fácil. La vida gira y puede que algo no termine de la misma hermosa manera en la que empezó. La RAE decide suprimir cosas y cambiar nombres de letras. Poco a poco hemos descubierto que la vida está llena de árboles, maníaco-depresivos y ardillas. Piensas en lo que has sido y vivido y te das cuenta de que ha habito muy pocas personas cuerdas a tu lado. Las personas tendemos a ser egoístas. Nestlé compra la palabra FELICIDAD y en su campaña de publicidad para distribuir leche en polvo al Tercer Mundo provoca la muerte de miles de personas porque no ha tenido en cuenta el factor agua-no-potable. Pero da igual, porque siempre nos han dicho que la intención es la que cuenta.


Llegados a este punto, sólo (con tilde o sin ella) me queda desearos que no tengáis incidentes con las uvas y que tengáis una preciosa entrada de año, al igual que un 2011 repleto de Nestlé. Yo, por mi parte, continuaré consumiendo esta maravillosa palabra e intentaré, por todos los medios, que el año que llega se mantenga porque, realmente, no podría estar mejor.

martes, 14 de diciembre de 2010

¿DÓNDE ESTÁ ROBIN HOOD?

Soy una puta. Lo sé. Lo admito. Un centenar de personas me siguen (cada una a su manera) y yo cada vez escribo menos y menos. Para todos aquellos que me escribís al email: no he sido detenida (aún); no me ha pasado nada malo (según se mire); no tengo ninguna enfermedad terminal (que yo sepa); no me he muerto y no he tenido que huir del país (por el momento). Tan sólo me he tomado un respiro, una pequeña pausa que espero que ustedes, queridos lectores, comprendan y no lo tomen mal.

Día 15 de diciembre. Las fechas navideñas se vislumbran ya desde hace unos días (por no decir semanas). Parece que cada año comienzan antes. Las grandes empresas y compañías nos dejan entrever que es época de consumismo intensivo y, poco a poco, los más rápidos (por no decir los más millonarios) se van haciendo de los mejores productos, los más interesantes y los de mejor calidad, dejándonos a los pobres plebeyos del pueblo llano con la única posibilidad de comprar zapatillas “Naik” o alguna “Poly Station” en cualquier tienda oriental que encontremos por el barrio.


En la capital la navidad se vive de manera muy especial. El Corte Inglés decide desplegar y utilizar todas las armas disponibles y, precisamente de ahí, nace Cortylandia. Muñecos articulados gigantes de todas las partes del mundo (creo recordar que no hay ningún africano) acompañados de monumentos importantes, cantan y bailan al son de una musiquilla que nunca consigo escuchar debido al berrido incesante de innumerables niños entusiasmados y de padres cargados de bolsas enormes con miles de juguetes dentro.

Evidentemente los niños, careciendo de cualquier seña de inocencia, conocen el secreto de los reyes magos, del gordo de la chimenea que aún no ha sido encerrado por la policía por allanamiento de morada y de la rata enfermiza que te roba los dientes por la noche. Aunque queramos pensar que no, que en verdad son muy críos para saber la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, tenemos que desengañarnos.

Yo descubrí que los reyes no existían cuando mis padres, el día 5 en la noche, abrieron el armario de la habitación donde YO dormía para empezar a sacar los regalos. Podía tener cinco años, pero no era tonta. Por otra parte, mi madre decidió que era mucho más didáctico y pedagógico que yo pensase que el Ratoncito Pérez (que tenía nombre y todo) era un vil ratero que se llevaba mis dientes, esos que con tanto ahínco cepillaba y cuidaba, sin darme nada a cambio. La infancia ha sido dura para algunos de nosotros, aunque no me quejo, al menos siempre tuve pan encima de la mesa (sí, ese pan que no soltaba por si la Rata Pérez venía a quitármelo también).

Todo esto me lleva a pensar en la cantidad de pasta que se embolsarán las grades compañías y empresas a costa de estas fiestas que, por otra parte, no dejan de ser festividades paganas y religiosas. Realmente nos hace ver esa necesidad existente de enriquecimiento salvaje y sin cuidado y, por otra parte, eso me hace pensar en mi situación. Yo soy pobre. Más pobre que las ratas. Y siempre hemos dicho que la pobreza es una cuestión de distribución, no de producción. ¿Dónde está Robin Hood cuando se le necesita?


-¿Por qué estás empeñada en vivir en esa situación de miseria?- me preguntó el doctor tras contarle lo anterior.

-¡Porque soy una miserable!-dije llevándome las manos a la cabeza.

-En la primera sesión me dijiste que eras muy, muy rica. ¿Dónde has metido ese dinero?

-No me presione. Ese dinero está lejos y guardado. Nada puede levantar sospecha de mi condición. Además, sé lo que usted pretende y olvídese… Nunca le contaré de dónde proviene todo el dinero… Podría usted quemarme por bruja, como hacía la Inquisición antaño…- y miré hacia otro lado, sentida, indignada.

-No me desespere. ¿Por qué te empeñas en refugiarte tras ese victimismo? Eres tú la millonaria, a la que todo le sonríe en este momento. ¿Y te permites quejarte?

-Pero usted está sano. Sano mentalmente. Y eso es muy bello.- dije sin creérmelo. Esto ya lo había vivido con mi anterior psiquiatra, con esa zorra embustera de María Luisa.

-¿Y Carlos?- preguntó, dándose por vencido.

-Nos vemos asiduamente. No pude encontrar nada en su casa el otro día. Se lo huele; se huele que algo me huelo. Esconde las cosas. En fin… Él se empeña en decirme que es un gran empresario. Yo me empeño en darle la razón aún sabiendo que es mentira y que quiere mi encierro…

-Quizás no lo quiera…

-Él quiere quererlo. Pero, ciertamente, cada vez lo quiere menos.

-Si estás tan segura de que no lo quiere, ¿por qué, a la vez, estás tan insegura?

Me levanté del diván, las dos horas habían terminado hacía quince minutos.

- Porque no me fío ni de él, ni de usted, ni de mi sombra, ni de mí misma. Hay que tener cuidado con todo. Hay que ir con pies de plomo. Supervivencia, es la palabra.

Y me fui a mi hogar, dulce hogar, para quitarme las Naik y beber Gold Cola.